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Inmigración

Panamá: otro peligroso paso en la ruta de migrantes

por Elvia Skeens (eskeens@lamegamedia.com)


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CIUDAD DE PANAMÁ, Panamá  — En una tarde lluviosa del 1 de agosto de 2023, dos jóvenes se acercaron a una familia en el estacionamiento de un centro comercial para –amablemente y con mucho respeto– venderles golosinas. 

Lo hacían apenados y con temor antes de que el personal de seguridad les obligara a abandonar los predios. 

Eran hermanos, de 24 y 20 años. Uno de ellos, cargando en brazos a un niño, preguntó: “¿Señora, me compra un caramelito?  Somos migrantes que venimos de Venezuela hace tres meses y estamos luchando muy duro para llegar a los Estados Unidos”.

De inmediato, la mayor de la familia abrió su cartera, les entregó dinero y dijo: “Guarden el caramelo para que lo vendan a otra persona, yo no lo necesito”. Luego empezó a platicar con ambos y les dio más para que compraran la cena. 

“¡Gracias, que Dios le bendiga! Aunque muchas veces nos ayudan, aquí no siempre corremos con la misma suerte; algunas personas nos ignoran porque somos extranjeros, pero nosotros no perjudicamos a nadie. Solamente tratamos de ganar lo necesario para dormir bajo techo, llevarnos un pedazo de pan a la boca y ahorrar lo que se pueda para seguir hacia el norte”. 

En ese momento ella escuchó el relato de dos de las 1 200 personas que entran a la República de Panamá de manera irregular a través de la peligrosa selva del Darién, en la frontera con Colombia, con la esperanza de encontrar refugio temporal mientras continúan su camino a Centroamérica y México añorando cruzar hacia los Estados Unidos.

“Daniel”, “Alberto” y el pequeño “Camilo” con su madre salieron llenos de esperanza desde Los Llanos de Portuguesa, una región campestre que –según platican– queda a unas seis horas de Caracas.  

Durante este viaje desafiaron el peligro advertido que esconde una zona rural descrita por la UNICEF como “la selva más inhóspita del mundo” en un ensayo fotográfico de Enrique Patiño (abril, 2019) que captó imágenes de hombres, mujeres y niños –provenientes de Colombia, Venezuela, Cuba, Haití, Ghana, Camerún, Nepal, Bangladesh, Yemen y Sri Lanka, entre otros países– al arribar al primer punto de control migratorio en La Peñita.

La travesía de la selva se realiza en gran parte por el río, y La Peñita es una comunidad indígena emberá, ubicada en el distrito de Pinogana a 30 kilómetros/18.6 millas de Metetí (la ciudad más cercana). Allí, los viajeros pueden encontrar un puerto pequeño para desembarcar las canoas y descansar. Sin embargo, según ambos jóvenes, “los lugareños han convertido el paso de migrantes en un modo de vida”, y la zona carece de servicios tan básicos como el agua potable”.    “Usted no tiene idea de todos los páramos que se pasan en esa ruta por la selva, pero créame que cualquier lugar que nos acoja, donde podamos dormir y ganar algo para comer es mejor que Venezuela en este momento”, manifestó “Daniel”.

Un reporte de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) de las Naciones Unidas, publicado durante la pandemia de COVID-19 sobre la respuesta de atención en las Estaciones de Recepción Migratoria (ERM) –ubicadas en Bajo Chiquito, La Peñita y Lajas Blancas en Darién, así como en Los Planes, en Chiriquí– documentó como las rutas de paso irregular “en su gran mayoría son utilizadas por traficantes que se encargan del movimiento ilícito de migrantes, narcotráfico y transporte de mercancía ilegal como armas”.

De acuerdo con el informe, “este conjunto de situaciones expone a los migrantes a distintas amenazas que van desde ataques de animales salvajes, la posibilidad de sufrir violencia física, sexual o psicológica hasta asaltos y asesinatos”.          

“Nadie sabe realmente lo que se vive en esa selva de Darién: allí hay que guardar en silencio muchas historias de robo, asalto a mano armada, violaciones sexuales, maltrato y todo tipo de abusos. Lo más triste es que gente humilde como los indígenas se aprovechan para sacarnos dinero…algunos no son muy amigables”, confesó “Alberto” mientras extendía la mano para acariciar el cabello rizado de su pequeño sobrino.

Alberto visualizó una nueva luz al final del camino al conocer que, desde el 17 de mayo de 2023, el Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos actualizó los requisitos y condiciones del permiso temporal humanitario conocido como “parole” para venezolanos, cubanos, nicaragüenses y haitianos.   

Hasta el 31 de julio de 2023, 248 901 migrantes habían atravesado el Tapón del Darién superando la cifra total de ingreso irregular en el 2022, según confirmó a medios televisivos panameños la subdirectora de Migración, María Saravia, aclarando que esta reserva de la biosfera no debe identificarse como “ruta migratoria”. 

Y mientras “Daniel” y “Alberto” no pierden las esperanzas de alcanzar ese gran “sueño americano” para reunificar a toda su familia algún día, otros migrantes –de quienes ni siquiera se conocen historias– se vuelven resilientes, creativos y se las ingenian para ganar dinero vendiendo una variedad de productos o demostrando sus habilidades artísticas en medio de las calles frente a los semáforos en rojo.

 

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*Un migrante colombiano, con un equipo de sonido rodante, salta al centro de la avenida principal en La Villa de Los Santos (Azuero) para entretener a los conductores con un acto musical. Mostrando una gran sonrisa, agradece los aplausos de los conductores, mientras camina entre los vehículos recogiendo algunos dólares antes de que cambie la luz del semáforo. (La Mega Nota/Elvia Skeens) 







 
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